El Panteón de Roma y la sostenibilidad entendida a 2000 años vista
El Panteón de Roma y la sostenibilidad entendida a 2000 años vista
Hay edificios que pertenecen a su tiempo, y otros que parecen haberlo superado. El Panteón de Roma pertenece claramente a este segundo grupo. Un espacio construido hace casi dos mil años con hormigón. Sí, hormigón. Pero sostenido por una columna hecha de un material que no se puede tocar.
Roma es un paraíso para quienes aman la arquitectura. El Coliseo, la Domus Aurea, San Carlino… y, sin embargo, entre todos ellos se alza un edificio que muchos consideran el mejor jamás construido: el Panteón. No por su escala monumental ni por su ornamentación, sino porque es un prodigio absoluto del opus caementicium, el hormigón romano.
El edificio actual fue levantado en el siglo II d.C. bajo el mandato del emperador Adriano, posiblemente a partir de un diseño atribuido a Apolodoro de Damasco, sobre los restos de un templo anterior construido un siglo antes por Marco Vipsanio Agripa. De ahí que también se le conozca como el Panteón de Agripa. Adriano, en un gesto poco común, decidió conservar la inscripción original del pórtico —M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT— como homenaje a la tradición, aunque la obra que hoy contemplamos sea una creación posterior.
El templo primitivo había demostrado ser estructuralmente frágil. La respuesta fue recurrir a un sistema más fiable y ya ampliamente utilizado en Roma: el hormigón. El resultado fue una obra que, dos mil años después, sigue siendo una de las arquitecturas más admiradas, estudiadas y difíciles de igualar de la historia. No por exceso, sino por inteligencia.
Tras cruzar el pórtico clásico, el espacio interior se revela de forma inesperada: una sala circular perfecta, inscrita en una esfera ideal donde altura y diámetro coinciden exactamente. Nada es casual. El Panteón no es solo un edificio; es una representación física del orden del cosmos, una arquitectura concebida para relacionar al ser humano con el tiempo, la materia y el cielo.
La cúpula que lo cubre es, aún hoy, la mayor cúpula de hormigón no armado jamás construida. Su estabilidad se basa en una serie de decisiones técnicas extraordinariamente avanzadas para su época: muros de hasta cinco metros de espesor en la base, un hormigón progresivamente más ligero a medida que asciende —gracias al uso de puzolana volcánica—, un sistema de arcos de descarga ocultos en el encofrado de ladrillo y unos casetones que, lejos de ser decorativos, reducen de forma decisiva el peso del conjunto. La sección de la cúpula se va afinando hasta alcanzar apenas un metro de espesor en la cúspide.
En su centro, un hueco circular de nueve metros de diámetro parece, paradójicamente, cerrar el edificio sin cerrarlo. El óculo no es una concesión poética, sino una necesidad estructural: sin él, la cúpula no resistiría. Se cuenta que Brunelleschi, siglos más tarde, confesó no entender por qué el Panteón no se caía. Lo que ignoraba es que es precisamente ese vacío el que evita su colapso.
Pero el óculo es mucho más que una solución técnica. Es la ventana perfecta, la que mira directamente a la divinidad. El ojo del tiempo. A través de él, la luz entra como un material más: marca el paso de las horas, de los días y de las estaciones. En su interior, los copos de nieve descienden lentamente; en Pentecostés, pétalos de rosa roja flotan con una gravedad casi inexistente desde los 43 metros que los separan del suelo de mármol. Cada 21 de abril, aniversario de la fundación de Roma, a las doce en punto, una lanza de luz atraviesa el espacio y golpea la entrada del templo.
Cuando se cruza la columnata y se accede al interior, se comprende de golpe. No con la razón, sino con el cuerpo. Un impacto directo entre la parte más profunda del cerebro y las tripas. Se entiende que lo que sostiene el Panteón no es solo hormigón ni ladrillo, sino un pilar de luz. Un haz de fotones que parece levantar cien mil toneladas desde hace dos mil años.
Cuentan que el escultor y arquitecto Eduardo Chillida permaneció una vez en silencio, de pie, a unos metros del centro del Panteón, con los brazos extendidos, como abrazando un cilindro invisible. Decía sentir con la mejilla y con las yemas de los dedos el cambio de densidad de una columna que no se veía: una columna hecha de espacio, nacida en el suelo, atravesando el óculo y prolongándose mucho más allá del cielo. Una columna de luz que sostiene, todavía hoy, probablemente el mejor edificio del mundo.
Nada en el Panteón es arbitrario. Cada proporción, cada material y cada vacío responden a una lógica precisa. La luz no ilumina: revela. El espacio no impresiona: envuelve. Dos mil años después, el edificio sigue cumpliendo su función, no como ruina arqueológica, sino como un lugar vivo, utilizado, transformado y profundamente vigente.
Un recordatorio silencioso de que la verdadera grandeza arquitectónica no reside en lo efímero, sino en lo que sabe permanecer.
II. Sostenibilidad entendida como permanencia
En Concretable entendemos la sostenibilidad desde una perspectiva similar a la que encarna el Panteón. No creemos que algo sea sostenible únicamente por su apariencia natural, por el uso reducido de recursos o por responder a una tendencia contemporánea. Para nosotros, la verdadera sostenibilidad se demuestra con el tiempo.
El hormigón del Panteón no fue concebido como un material “verde” en el sentido actual del término. Sin embargo, su capacidad para resistir siglos de uso, transformaciones culturales y cambios climáticos lo convierte en uno de los ejemplos más claros de sostenibilidad real. Lo que perdura evita ser reemplazado. Lo que se mantiene vigente no necesita ser producido de nuevo.
En una época marcada por la obsolescencia rápida, la arquitectura del Panteón nos invita a repensar cómo diseñamos y construimos hoy. Nos recuerda que la sostenibilidad también es una cuestión de responsabilidad cultural: crear objetos, espacios y materiales capaces de acompañar a generaciones, de adaptarse al paso del tiempo y de seguir teniendo sentido.
Es en esa idea de permanencia consciente donde Concretable encuentra una de sus principales fuentes de inspiración. Diseñar en hormigón no como un gesto inmediato, sino como una apuesta por la durabilidad, la honestidad material y la huella que dejamos en los espacios que habitamos.





